La vida en Cracovia desde la perspectiva de un expatriado
28 May | 2026
Cuando les dije a mis amigos en Tenerife que me iba a Cracovia para hacer unas prácticas, las reacciones siempre eran las mismas: «¿Polonia? ¿Qué hay en Polonia? ¿Por qué Polonia?». Dos meses después, siento que podría dar mil respuestas diferentes a esa pregunta.
La vida aquí es muy diferente a la vida en Tenerife. En casa, el sol se pone lentamente, las conversaciones duran más y nadie parece tener prisa. El tiempo se siente más suave, menos estructurado. Cracovia me sorprendió desde el primer día. La gente camina rápido, los tranvías llegan exactamente cuando deben (casi siempre) e incluso las pausas para el café parecen planeadas y no espontáneas. Al principio pensé que esta ciudad era muy seria. Ahora entiendo que simplemente es eficiente.
En una isla pequeña como Tenerife, muchas veces conoces a alguien vayas donde vayas. En Cracovia experimenté algo completamente nuevo: el anonimato. Aquí nadie conoce tu historia, nadie espera nada de ti, y eso resulta increíblemente liberador. Puedes cambiar tus hábitos y rutinas, e incluso redescubrir una parte de tu personalidad. Ser becaria en el extranjero no es solo una experiencia profesional; también es una forma de experimentación personal.

Dos meses después: mil razones para quedarse
Después de dos meses, la ciudad deja de parecer un destino turístico. Los lugares que antes quería visitar poco a poco se convirtieron en parte de mi vida cotidiana; pasaba por ellos camino al trabajo, durante una compra rápida o al quedar con amigos después de trabajar. La sensación de familiaridad aparece en pequeños momentos: reconoces tu parada de tranvía sin mirar Google Maps, tienes una cafetería favorita aunque no recuerdes cuándo se convirtió en “tu” cafetería, observas cómo los locales se quedan en el parque incluso en los días fríos, o te das cuenta de que caminar por el Casco Antiguo nunca llega a aburrirte. Cracovia no intenta impresionarte de forma exagerada; poco a poco se gana tu cariño.
Ni siquiera te das cuenta cuando empiezas a construir tu rutina diaria a partir de cosas que nunca habían formado parte de tu vida. Comprar un pączek de camino a casa desde el trabajo porque de repente cada escaparate de panadería parece tentador, cruzar el Vístula como parte de tu trayecto diario o planificar el día según las conexiones de tranvía y no según las distancias. Poco a poco, esos pequeños hábitos dejan de parecer extraños y empiezan a sentirse tuyos.
Después de dos meses, la ciudad deja de parecer un destino turístico. Los lugares que antes quería visitar poco a poco se convirtieron en parte de mi vida cotidiana; pasaba por ellos camino al trabajo, durante una compra rápida o al quedar con amigos después de trabajar. La sensación de familiaridad aparece en pequeños momentos: reconoces tu parada de tranvía sin mirar Google Maps, tienes una cafetería favorita aunque no recuerdes cuándo se convirtió en “tu” cafetería, observas cómo los locales se quedan en el parque incluso en los días fríos, o te das cuenta de que caminar por el Casco Antiguo nunca llega a aburrirte. Cracovia no intenta impresionarte de forma exagerada; poco a poco se gana tu cariño.
Ni siquiera te das cuenta cuando empiezas a construir tu rutina diaria a partir de cosas que nunca habían formado parte de tu vida. Comprar un pączek de camino a casa desde el trabajo porque de repente cada escaparate de panadería parece tentador, cruzar el Vístula como parte de tu trayecto diario o planificar el día según las conexiones de tranvía y no según las distancias. Poco a poco, esos pequeños hábitos dejan de parecer extraños y empiezan a sentirse tuyos.
Tapas contra pierogi
La comida es otra aventura en sí misma. No me di cuenta de cuánto iba a echar de menos la comida española hasta que intenté sustituir el fuet por kabanosy, que se parecen, pero saben completamente diferente (aunque están realmente buenos). Cambiar de la cultura de las tapas a los almuerzos con pierogi definitivamente requiere un tiempo de adaptación.
En Tenerife, la comida suele convertirse en una excusa para reunirse y pasar horas juntos; en Polonia, las comidas a veces parecen más rápidas y prácticas. Pero descubrir nuevos sabores también se convierte en parte del proceso de adaptación: encuentras la sopa que mejor te reconforta después de un día frío, descubres tu panadería favorita o aceptas que la comida que te hace sentir en casa puede cambiar según el lugar donde vives.
La comida es otra aventura en sí misma. No me di cuenta de cuánto iba a echar de menos la comida española hasta que intenté sustituir el fuet por kabanosy, que se parecen, pero saben completamente diferente (aunque están realmente buenos). Cambiar de la cultura de las tapas a los almuerzos con pierogi definitivamente requiere un tiempo de adaptación.
En Tenerife, la comida suele convertirse en una excusa para reunirse y pasar horas juntos; en Polonia, las comidas a veces parecen más rápidas y prácticas. Pero descubrir nuevos sabores también se convierte en parte del proceso de adaptación: encuentras la sopa que mejor te reconforta después de un día frío, descubres tu panadería favorita o aceptas que la comida que te hace sentir en casa puede cambiar según el lugar donde vives.
Romper la burbuja polaca
La gente en Cracovia es otra diferencia que empiezas a notar bastante rápido. En Tenerife, las personas son naturalmente cálidas, expresivas y muy cercanas físicamente; los abrazos, los besos en la mejilla y el contacto físico forman parte de la vida cotidiana. Los polacos pueden parecer algo más reservados o distantes al principio, y durante las primeras semanas en Polonia un extranjero incluso puede sentir que cada persona vive en su propia burbuja. Pero poco a poco me di cuenta de que detrás de esa seriedad inicial hay mucha amabilidad.
Hacer amistades puede llevar más tiempo, pero una vez que sucede, las personas son increíblemente hospitalarias, leales y genuinamente amables. Simplemente hay que aprender que aquí la cercanía se demuestra de una manera diferente.
La gente en Cracovia es otra diferencia que empiezas a notar bastante rápido. En Tenerife, las personas son naturalmente cálidas, expresivas y muy cercanas físicamente; los abrazos, los besos en la mejilla y el contacto físico forman parte de la vida cotidiana. Los polacos pueden parecer algo más reservados o distantes al principio, y durante las primeras semanas en Polonia un extranjero incluso puede sentir que cada persona vive en su propia burbuja. Pero poco a poco me di cuenta de que detrás de esa seriedad inicial hay mucha amabilidad.
Hacer amistades puede llevar más tiempo, pero una vez que sucede, las personas son increíblemente hospitalarias, leales y genuinamente amables. Simplemente hay que aprender que aquí la cercanía se demuestra de una manera diferente.
No cruces la calle corriendo
Cracovia también me enseñó muchas cosas, algunas sorprendentemente prácticas. La más importante: nunca cruces la calle si no hay un paso de peatones, porque te pueden multar (algo de lo que mis amigos en España todavía se ríen). Pero Cracovia también me enseñó a disfrutar conscientemente de los días soleados: sentándome en el césped bajo el Castillo de Wawel y viendo cómo la ciudad se ralentiza por un momento; descubriendo que el agua de Zakrzówek está mucho más fría de lo que parece. También me enseñó que la mejor comida polaca suele encontrarse en los lugares más sencillos, como los tradicionales bares de leche, donde las comidas son caseras, asequibles y sorprendentemente reconfortantes.
Cracovia también me enseñó muchas cosas, algunas sorprendentemente prácticas. La más importante: nunca cruces la calle si no hay un paso de peatones, porque te pueden multar (algo de lo que mis amigos en España todavía se ríen). Pero Cracovia también me enseñó a disfrutar conscientemente de los días soleados: sentándome en el césped bajo el Castillo de Wawel y viendo cómo la ciudad se ralentiza por un momento; descubriendo que el agua de Zakrzówek está mucho más fría de lo que parece. También me enseñó que la mejor comida polaca suele encontrarse en los lugares más sencillos, como los tradicionales bares de leche, donde las comidas son caseras, asequibles y sorprendentemente reconfortantes.

Hogar, versión 2.0
Amo Tenerife y, aunque quizá suene sorprendente, estando en Cracovia no la echo realmente de menos. Es decir, echo de menos el océano, los atardeceres infinitos y a las personas cercanas, pero poco más. Cracovia tiene algo especial. Valoro más el sol cuando no está presente todos los días. Me doy cuenta de cómo cambian las estaciones. Vivo una ciudad que se siente profundamente histórica y, al mismo tiempo, llena de energía joven e internacional. Parece una ciudad que nunca duerme del todo, siempre en movimiento, siempre activa.
Cracovia no reemplazó a Tenerife para mí. Simplemente me mostró que el hogar puede tener varias versiones. Y quizá eso es precisamente lo que me ha dado vivir en el extranjero: no le quitó nada al lugar del que vengo, pero sí amplió la cantidad de lugares en los que me siento como en casa.
La autora del artículo es Judith Falcón Freire, becaria de VARIA, voluntaria y estudiante con experiencia en IT y en entornos internacionales.


